“En la improvisación reside la fuerza”
Walter Benjamin (1921)
La interpretación es la expresión máxima de la
grandilocuencia de la estupidez. Como característica esencial
del ser humano, como elemento inseparable de nuestra conducta y como categoría
primordial de nuestra imperfección, la estupidez es cotidiana e inabarcable;
colectivamente nos supera siempre. Al mirar alrededor, es imposible no cuestionarme:
¿por qué la mayoría de los seres humanos no se acepta a sí mismo como estúpido?
No existe reflexión que refleje tan bien
su enunciado; debe ser, sin duda, mérito
de la “estupidez” en la que participamos. Es difícil, reflejar en tan pocas
palabras tanto caos en una reflexión, pero sin duda, ¿Qué se nos puede pedir
como “especie”, si el principio de todas las cosas, áperiron en los términos de Anaximandro de Mileto, si lo que nos
permite explicar la derivación de todas las cosas, es la “estupidez humana”?
Interpretemos “estúpidamente” sobre las
palabras que preceden a este comentario: si tomamos a la estupidez como “característica esencial
del ser humano”, podríamos decir entonces que es un concepto ideal del que
participamos activamente como especie. Esto presenta un nuevo dilema: ¿todos
participamos igualmente de esta “estupidez humana“?, ¿hay personas que
participan de esta estupidez de una forma más activa que
otras?, ¿podemos encontrar en los humanos algún tipo de estupidez no propia de los humanos? y, de
resolver positivamente este último caso, ¿estaríamos en presencia de algún
sujeto que ha sobrepasado los límites de la “estupidez humana”?
Interpretar es imitar. Platón, en sus
postulados, propuso que el valor que residía en el arte era totalmente dudoso,
no era más que una mímesis creada de algo dispuesto con anterioridad. Pero,
¿qué ha sido creado?, ¿qué puede ser cuestionado?, ¡¿qué demonios puede ser apreciado?!
Partiendo de la utópica idea de que algo en efecto puede ser creado, aunque es
de total conocimiento que nada posee un origen adánico, es sencillo plantear
que la interpretación no es más que una empobrecedora visión subjetiva de algo
que ha sido transformado a lo largo de un tiempo dado. Interpretar es
empobrecer.
¿Te sientes un tanto estúpido? Aún nos
queda un poco más; cito: “como elemento
inseparable de nuestra conducta y como categoría primordial de nuestra
imperfección, es cotidiana e inabarcable, colectivamente nos supera siempre”,
es decir, estupidez cinco, humanos cero; ¡Nos están goleando!
El caso es que el razonamiento tiene su propia
inercia. De ser cierta la exposición inicial donde planteamos la
grandilocuencia que proviene de la interpretación, podremos afirmar que existe
la “estupidez humana”, ya que nuestra conducta y comportamiento al valorar el
contenido que milagrosamente es desprendido por el aura de cualquier obra,
sitúa a nuestra característica paupérrima en la cima jerárquica de las
categorías que dan cuenta a nuestra enorme imperfección. ¿Te preguntas
estúpidamente si no estarás sobrevalorando la estupidez?
Visto de esta manera, sorprende que las
culturas clásicas no dedicaran un templo o un recinto religioso, explotando acá
la génesis del arte, para una deidad que englobaría lo más banal e idiota de la
raza humana. Desprendiendo una forma femenina, una mujer extremadamente
voluptuosa, cargada de un hedor que solo podría ser admirado por aquellos
idiotas que nos hacen creer que sus capacidades físicas y mentales trascienden
los límites de lo establecido naturalmente. ¿Misógino? Ni un poco, simplemente
hago uso de mi más sabia estupidez.
Si has tenido la gallardía de llegar hasta este
punto, donde tu sed de conocer los límites de la interpretación han aumentado,
podrías considerarte realmente estúpido. “La
interpretación es la manera en que la mediocridad rinde tributo al ingenio”,
cita Susan Sontag en la recopilación post
mortem de sus ensayos “Contra la
interpretación”, una especie de ironía mal lograda de los escritos de
Aristóteles en “Sobre la interpretación”.
Sontag tiene razón en esa frase, la
interpretación no hace más que empobrecer al arte, desvirtuarlo hasta
convertirlo en algo estúpido. Pero, respetando los delicados oídos de la
audiencia, Sontag no es más que una estúpida. La manera en que aborda el tema,
tratando de afirmar como el arte no puede ser llevado a otro plano, desvirtúa
totalmente la concepción actual que se tiene del mismo; quedaría tan solo como
un adorno.
La estupidez nos engloba como especie, la
estupidez nos hace humanos. En fin, podría seguir estúpidamente,
diciendo más estupideces; pero será mejor que reserve alguna para mi vida
cotidiana. No quisiera agotar mi estupidez de un plumazo y que mis
acciones y actitudes cotidianas se resintieran por la falta ocasional de estupidez.
José Rafael González
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